Isla Santay 2007

JUAN CARLOS LEÓN
Parterre

Por su lado, el artista guayaquileño Juan Carlos León, el más joven de la partida, se aventuró fuera de la ruta turística, dentro la selva salvaje dispuesto a desflorar el hermético sexo de la isla.

Entre el fango y la jungla de mangle, Juan Carlos erigió un túmulo encajonando en barro un pequeño fragmento del bosque que evoca las veredas o calzadas floridas de los parques lineales. Levantar una vereda tropical (es decir una señal de procedencia urbana) dentro del bosque tropical aparece como una audaz extrapolación, a la que conviene perfectamente calificar de oxímoron visual. En la retórica, el oxímoron nombra a la figura literaria que cosiste en armonizar dos conceptos opuestos en un sola expresión cuyo resultado es un tercer concepto sujeto a la interpretación del lector. En la literatura contemporánea Borges fue uno de los más afortunados cultores de oxímoros; por ejemplo, cuando refiriéndose a la célebre Beatriz Viterbo de “El Aleph” dice que era de “una deliciosa torpeza”, o cuando en otro momento habla de “una luz oscura”. En Cuenca, muestra perfecta de oxímoron es el nombre de un ilustre personaje de la ciudad que bautiza una sus calles principales: “Benigno Malo”. Finalmente, en Colibrí, novela de Severo Sarduy, hay un bar ornado con un paisaje invernal, “fácil oxímoron de los decorados tropicales” al decir del narrador.
Juan Carlos León
Lo cierto es que Juan Carlos introdujo por caminos de contrabandista lo que él denominó un “código citadino” dentro de un paisaje silvestre. El extrañamiento de encontrarse con este Parterre en medio del bosque, como una aparición repentina resulta un acto de advertencia ante las eventuales intromisiones urbanas, al tiempo que funciona como una acción de blindaje y protección simbólica del espacio y las especies del lugar.

Como ocurre con frecuenta en el land-art o en los earth-works estas tres propuestas están sujetas a modificarse con el paso de tiempo, y condenadas a desaparecer con la llegada del invierno. Y parte de su atracción estriba precisamente en su carácter efímero, pues su fugacidad supone un secreto llamado de atención sobre la fragilidad del ecosistema en el que se insertan.

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